Conversaciones (extremadamente) improbables

No lo iba buscando, pero cuando paseo por Málaga siempre intento cruzarme con Pablo Picasso sentado en alguna terraza mirando cómo pasan las turistas de piernas desnudas y quemadas. Cuando una camisa blanca y raida me anunció que había logrado darle caza descubrí que estaba acompañado por un sesentón barbudo embelesado con un alemán que se había quitado la camiseta y se estaba vaciando una botella de agua helada sobre el torso. Pablo me invitó a su mesa arrastrando con desgana una silla en mi dirección.

Pablo: Éste es Leonardo.

Leonardo: Hijo de Piero.

P: No digas chorradas, por ese nombre no te conoce nadie. Di Da Vinci.

L:Como gustes.

No me dejaron hablar continuando con una discusión que les había sumido en un silencio inconciliable. Voy a intentar reconstruirla tal y como me la imagino yo.

L: ¿Qué significan todas esas máscaras de tus cuadros?

P: Nada… y todo. Son lo que son. Símbolos atávicos. No necesito más. Mira el Guernica. ¿Necesitas entender algo? Seguro que no ¿Y sientes el impacto de la violencia? No lo niegues… eso es el arte. Un puñetazo en la mesa. Un golpe al subconsciente. Un moment of ashtonishment, si quieres verlo así.

L: Pero, ¿tú has visto la última cena? Tantos detalles, tanto lenguaje, mensajes, submensajes, interpretaciones, secretos, reivindicaciones, réplicas, misterios…

P: Y necesito una enciclopedia para entenderlo. Se pierde el impacto místico del encontronazo del hombre y la obra. El segundo en que miras los policromados de Altamira. El shock. No me malinterpretes; soy un gran admirador tuyo. Sin tu técnica no seríamos nada.

L: Me ruborizas pero te equivocas. El arte es un vehículo y los pasajeros lo son todo. Poca gente admira ya mi pincelada. Los secretos de mis cuadros han superado a la técnica. La han transcendido hasta convertirlos en un mundo con enormes áreas por explorar. Yo asumo que mi obra es compleja y el impacto se tiene que dividir en todas las facetas que conviven en un mismo espacio. Tampoco niego que tu obra tenga fondo. Al contrario, es un fondo carnal, humano; mas yo me decanto por algo más intelectual.

P: Yo no cuento nada. El propio espectador, en cuanto humano, ya tiene todas las herramientas en el adn para sentir lo que haga falta: Miedo, pasión, imposibilidad…

L: Eso es encomiable, pero te obliga a prescindir de los matices, las referencias, los misterios pausados que saben mejor a cada bocado. No todos los cuadros pueden ser un puñetazo en el esternón. Es algo que nadie podría soportar.

P: Tampoco podríamos vivir en un mundo tan intrincado y laberíntico en el que cada obra requiera que las células grises tengan que trabajar a todo trapo.

L: ¿Y una visión intermedia?

P: Eso mejor se lo dejamos a otros. Somos demasiado buenos en lo nuestro como para desperdiciarlo.

L: A veces eres demasiado soberbio… ¿pero eso significa que me entiendes?

P: ¡Que si te entiendo! Te admiro. Eres El Maestro. Sin ti yo no podría disfrutar de la vuelta al primitivismo. Me preocupas más que me entiendas tú.

L: Sólo te digo esto… eres el gran salto evolutivo. Pero dejemos de acariciarnos como si fuésemos de terciopelo.

P: ¿Y tu crees que alguien hablará de nosotros cuando hayamos muerto?

(Ambos se rien).

Comment (1)

  • Javier

    ¡Buen diálogo! me gustan los comentarios y las respuestas. El arte debe ser un puñetazo en el esternón… a veces. También hay que dejar espacio para los detalles, para la profundidad escondida.
    ¿Dónde estará el punto de equilibrio?
    ¡Tendremos que buscarlo!

    26 noviembre, 2014 at 6:12 pm

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